Trinchera mediática
Hubo un tiempo en que la verdad exigía cierta finura, hasta precisión quirúrgica. En mis años de BUP, en aquella clase de Filosofía donde aún nos enseñaban a pensar antes de opinar, nos encomendaron un ejercicio revelador: destripar el tratamiento de una misma noticia en periódicos de distinta línea editorial. Encontré con esfuerzo una relativa sobre religión, confrontando las páginas de El País y de ABC. Entonces había que afinar la vista, desentrañar los adjetivos y rastrear para descubrir el sesgo ideológico entre líneas de una misma noticia. Hoy, este mismo ejercicio es “low cost”. Basta un vistazo al titular de cualquier portal digital para saber al milímetro a quién se dispara a degüello y a quién se le extiende la alfombra roja. La vieja búsqueda de la objetividad ha capitulado sin pudor; ya no se mide en principios éticos ni en rigor periodístico, sino en el frío balance de una cuenta de resultados. La información ha dejado de ser un bien cívico para convertirse en un burdo peaje de influencia.
Asistimos a un teatro de marionetas donde los estudios de radio y televisión, las redacciones y los reporteros, incluso el contenido que vuelcan en sus perfiles oficiales en redes sociales, operan abiertamente como sucursales de guardia de los gabinetes de comunicación de turno. En este ecosistema viciado, tertulianos a sueldo y directores “de la cuerda” aplican con descaro la ley del embudo: si el adversario comete un desliz, se le crucifica en plaza pública; si el propio es cazado al volante triplicando la tasa de alcoholemia, nos escudamos en la persona y no en el personaje, incluso no dudan en inmortalizarse junto a él en redes sociales, vanagloriándose de una íntima complicidad, de la enorme amistad, que sonrojaría a cualquier plumilla de raza décadas atrás. El manido aforismo de que «el dato mata el relato» se evapora en cuanto el dato desnuda al benefactor. Su moral es de quita y pon: los afines colocados a dedo son «perfiles brillantes con vocación de servicio», mezcla de brillantes economistas con la gracia infinita de monologuistas del club de la comedia; los del bando opuesto, una horda de enchufados e incompetentes, corruptos, mediocres, tristes, cualquier adjetivo descalificativo que se les ocurra. Hasta algunos ya van de curas, “bautizando” desde su pulpito al disidente, poniendo motes despectivos, incluso desagradables, a todo el que se cruce en su camino.
La coartada ideológica no es más que el disfraz con el que se oculta un engranaje estrictamente mercantil. La maquinaria se engrasa con cientos de miles de euros en publicidad institucional desde las administraciones locales y provinciales, los millones de euros anuales con los que la Junta riega el panorama autonómico para asegurar el incienso mediático. Qué decir del gobierno central, el mayor publicista nacional en los últimos años. Es una simbiosis perfecta y perversa: el dinero público compra silencios y portadas amables. Así es como los popes de la comunicación sostienen los colegios privados de sus hijos, sus áticos y su estatus mientras pagan salarios de miseria a redactores precarizados, en muchos casos como “freelance” que no es otra cosa que falsos autónomos. Todo ello, por supuesto, parapetado tras la sacrosanta «libertad de expresión», un parapeto noble convertido en salvoconducto para aniquilar civilmente a quien no pase por caja. Bucan la muerte civil, el aburrimiento, o ambos, para que nadie se salga de su redil. Un aviso a navegantes diario si te ponen en su diana.
En medio de este reparto, una fuerza como Almerienses resulta intolerable para ambos lados de la trinchera. Somos la piedra en el zapato porque no figuramos en ninguna nómina de favores, porque no sostenemos tertulias a medida ni compramos silencios con el dinero de los contribuyentes. Resultamos incómodos porque nos negamos a jalear el bipartidismo complaciente que ha condenado a nuestra tierra al aislamiento en comunicaciones, al expolio hídrico, a tener un sistema sanitario y educativo en la cola de forma cronificada, al olvido y al ninguneo presupuestario, mientras los cronistas oficiales del régimen de turno loan con entusiasmo a “los suyos” mientras sigan pasando por caja y colocando a los cercanos, que también hay mucho de eso, de enchufar a amigos y familiares en puestos de responsabilidad muy bien remunerados. A este sector oficialista les irrita lo nuevo, lo libre y lo honesto; prefieren mantener el circo de las dos Españas de siempre, donde los odios están tasados, las lealtades se facturan a final de mes y la Almería actual, objetivamente mejorable, objetivamente abandonada, para ellos es buen sitio tal como está para seguir viviendo agustico y sin complicaciones vitales.
No es casualidad que los ciudadanos hayan desertado en masa de estos púlpitos subvencionados en busca de refugio en las redes sociales, prefiriendo la intemperie digital, los videos sin censura de ciudadanos libres, que reciben cientos de interacciones y comentarios, antes que aguantar un sermón manufacturado a golpe de talonario. Almería no puede seguir cautiva de quienes confunden el ejercicio del periodismo con una pasarela de relaciones públicas ni de quienes han vendido la dignidad de nuestra tierra a cambio de una cuña publicitaria. Es hora de levantar la vista, desarmar sus trincheras y recuperar la ilusión por una región que no pide permiso para existir, ni agacha la cabeza ante los mercaderes de la opinión. La verdad no tiene precio, el futuro de los almerienses, desde luego, tampoco está escrito, mucho menos en manos de estos mercenarios de la información.
Una vez llegados hasta aquí, me dispongo en este momento a ponerme el chubasquero. Porque la lluvia en Almería si es una maravilla.
