El centro no necesita clientes; necesita vecinos
El equipo de gobierno municipal está abonado a la contradicción: peatonalizar el Paseo ayer para, acto seguido, anunciar un monumental aparcamiento subterráneo de tres plantas en el solar del antiguo edificio de Correos. Expulsamos al transporte público, a la logística le hacemos la vida imposible, contradiciendo lo que el proyecto original indicaba, y ahora quieren cavar un pozo para llenarlo de coches particulares en plena ex Plaza del Educador, que ahora es más conocida como “una leche de plaza” tal como ha sido bautizada en los mentideros capitalinos. La gran ocurrencia para resucitar el corazón de Almería vuelve a ser la de siempre: un parche ajardinado en superficie, otro puñado de locales comerciales que acabarán en las manos habituales, globo sonda para ver si se crea una nueva terraza fashion. Como si el problema de la histórica arteria comercial fuera un déficit de locales comerciales y no una sangría de vida cotidiana. El estepicursor, más conocido como el matojo inquietante del lejano oeste, puede vérsele transitar un domingo tarde cualquiera dando tumbos entre los generosos y discutidos parterres.
Cuesta entender esa fijación casi patológica por convertir cualquier metro cuadrado público en una prolongación de la hostelería o del consumo de paso. Lo vemos ahora en Correos y quieren instaurar el mismo modelo en la antigua estación de ferrocarril, esa joya de hierro y cristal que clamaba por un destino ferroviario, o es que no había mejor entrada a nuestra ciudad que esa, o reconvertirla en un contenedor cultural de primer orden, y a la que no saben buscarle más horizonte que el de las sombrillas y las terrazas chill out. Porque Almería es ahora la ciudad de las terrazas, porque aquí si tenemos horizonte. Mientras tanto, a escasos metros, los carteles de «Se alquila» en Altamira, Rambla, Paseo y calles adyacentes, se cuentan por centenares, las persianas bajadas como lápidas de lo que fueron en su día, aquel comercio de proximidad donde lo teníamos todo. Si esos locales que ya existen agonizan por falta de actividad, ¿a quién se le ocurre que la salvación vendrá de levantar más escaparates?
El disparate de la movilidad clama al cielo. Nadie en el Ayuntamiento parece capaz de explicar cómo van a circular, entrar y salir cientos de vehículos sin estrangular los mínimos accesos que quedan en un entorno que, sobre el papel, acabamos de peatonalizar como “zona no go” automovilística. Desde Almerienses ya lo advertimos con claridad en nuestras alegaciones al Plan de Movilidad: la solución sensata pasa por aparcamientos disuasorios en el perímetro de la ciudad, conectados con autobuses lanzadera ágiles y frecuencias reales al centro y al hospital de Torrecardenas, que también está en obras y con pérdida de cientos de plazas de aparcamiento gratuitas, porque ahora se construye un nuevo aparcamiento que este si será de pago. Todo por la pasta. Nuestras propuestas y las de más colectivos siguen durmiendo en algún cajón consistorial, sin respuesta ni resolución.
La realidad es que las nuevas generaciones no se van a los centros comerciales porque adoren esos espacios anodinos e impersonales, sino porque allí encuentran lo que el centro les niega: accesibilidad limpia, ocio variado y facilidades de aparcar su coche sin coste. Y se marchan a vivir a barrios residenciales y municipios cercanos porque el centro ha dejado de estar pensado para habitarlo. Competir contra una gran superficie jugando a ser una mala copia de ella es un sinsentido. Ciudades como Bolonia o Salamanca entendieron hace tiempo que la salvación de sus centros históricos pasa por llenarlas de juventud: residencias universitarias, promociones de alquiler asequible para menores de 35 años y espacios de encuentro social. O como Palma, donde el rescate del cine en el centro demostró que recuperar salas vivas —capaces de acoger proyecciones, coloquios, eventos deportivos o conciertos— genera más pulso intergeneracional que diez franquicias repetidas.
Un casco histórico no se salva atrayendo compradores ocasionales, sino devolviéndole vecinos que bajen a comprar el pan un martes cualquiera. Desde Almerienses nos negamos a aceptar la resignación del Partido Popular. No es modernidad este proyecto María del Mar; es un parche caduco y trasnochado que desmiente su propio discurso de ciudad amable y moderna. Es una infografía hecha con IA.
Esta batalla no se gana solo desde la política, sino que pertenece a cada almeriense que se niega a ver su patrimonio histórico convertido en un parque temático de día y un desierto al anochecer. No podemos seguir dejando el destino de nuestras calles en manos de quienes llevan décadas tomando las mismas decisiones erróneas. Es la hora de la implicación cívica, de la participación ciudadana y del orgullo de hacer de Almería una ciudad mejor. Porque el centro de Almería no morirá por falta de aparcamiento, sino por exceso de mediocridad.
