Invierno social

Si estás leyendo esto en papel o en la pantalla del móvil, es por una razón muy sencilla: tus padres y los míos no se pararon a calcular si salíamos a cuenta. Si en su momento se hubieran puesto a hacer números, hoy ninguno de nosotros estaría aquí y esta página no tendría a nadie al otro lado. En los desayunos con compañeros del trabajo, en comidas familiares o con amigos, hay temas recurrentes más de andar por casa como el reality de turno, la última polémica del futbol o algún lío entre famosos. También se habla de la corrupción, del problema de la vivienda, de lo de Ceuta, de lo sucia que está la ciudad, que si los sueldos no dan para llegar a final de mes y que la vida está demasiado cara y complicada como para meterse en el lío de tener hijos. Todo eso es verdad y nadie lo discute, pero creo que va siendo hora de que nos miremos al espejo sin hacernos trampas al solitario: detrás de tanta prudencia también hay una buena dosis de comodidad. Nos hemos acostumbrado a vivir sin que nada nos ate, a lo inmediato, a evitar que cualquier sacrificio dure más de un fin de semana, todo se nos hace una montaña demasiado alta.

Los sociólogos y los políticos llaman a esto invierno demográfico, lo que para mí es un invierno social con todas las letras. Solo hay que darse una vuelta por la calle: cada vez se ven menos personas paseando con carritos de bebé y cada vez se ven más personas paseando a uno o varios perros. Y lo dice uno que también tiene uno. A los animales hay que cuidarlos y quererlos, faltaría más, pero una mascota no te discute, no te cambia los planes del gimnasio, ni te impide hacerte las uñas o ir al cine, te da un cariño fácil unidireccional que encaja, perfecto si el sábado te quieres ir de cañas o escaparte de viaje cada puente. Hemos cambiado el compromiso de educar a una persona por un afecto cómodo que no nos complique la vida.

El problema es que cuando una sociedad entera decide ahorrarse ese esfuerzo, la factura no desaparece: simplemente la pagan otros. Y esos otros la pagarán como y cuando entiendan como hacerlo. Que no nazcan niños no es un reproche moral ni una frase acusatoria; es la tienda de ropa de bebé del barrio que no vende y cierra, son los colegios donde cada septiembre hay que suprimir filas, son las fábricas de juguetes con muñecas que nadie necesita, los parques de bolas que no tienen cumpleaños que celebrar o un sinfín de negocios grandes o pequeños que van perdiendo su razón de ser. Pensar que ya tendrán hijos los demás para que paguen las pensiones de mañana y sostengan los hospitales o las carreteras a construir, mientras nosotros nos dedicamos a disfrutar de nuestro tiempo libre no es ser más modernos ni más responsables con el medio ambiente; es, sencillamente, desentenderse de lo que sostiene a la comunidad. Es que todo comienza y acaba en uno mismo y este mundo me lo da todo a mi llegada y que sean otros los que paguen tras mi ausencia.

Esto no va de heteropatriarcado, edadismo, catolicismo, derechismo ni cualquier ismo. Esto va de lo incontestables que son los números. En Almería esto no es una teoría de futuro, es lo que vemos todos los días en las calles. Los datos del Instituto Nacional de Estadística lo dejan bien claro: somos la segunda provincia de España con mayor porcentaje de población extranjera, con más de un 24 %, y el 42% de los nacimientos en la provincia ya involucran a algún progenitor extranjero. Esto no va de señalar a nadie ni de caer en discursos racistas que no llevan a ninguna parte. La gente que ha venido de fuera está teniendo los hijos que nosotros hemos decidido no tener. Podemos sacar el comodín de las ayudas, que sus niños se crían solos o que en su cultura no tienen un control sobre la natalidad como el nuestro. El reproche no es hacia ellos, es hacia nosotros mismos. Nos hemos acomodado tanto que hemos dejado vacías nuestras casas, nuestras vidas, esas que conforme pasan los años no hay nadie a nuestro lado que se interese por nosotros o que esté ahí con afecto para cuidarnos cuando sea necesario. Hemos cambiado el concepto de familia por aquellos que queremos tener a nuestro lado en modo fijo discontinuo.

Nuestros padres y nuestros abuelos levantaron esta tierra en condiciones que hoy nos parecerían una pesadilla, sacando agua de donde no la había, generando riqueza y prosperidad trabajando de sol a sol sin tener ninguna ayuda garantizada en tiempos mucho más difíciles que estos. Tuvieron hijos porque tenían fe en el mañana. Me resisto a aceptar que somo el dinosaurio al que ya le ha llegado su meteorito y ha asumido su destino viendo videos en la pantalla del móvil. No se trata de dar lecciones a nadie ni de decir cómo tiene que vivir cada uno, sino de despertar de una vez como sociedad: las familias necesitan ayudas reales para salir adelante, si, pero nosotros necesitamos recuperar el valor de apostar por los nuestros y lo nuestro. Porque una tierra que renuncia a sus propios hijos no está eligiendo vivir más tranquila; simplemente está aceptando, poco a poco y sin hacer ruido, borrarse del mapa. Y recuperar el tiempo perdido hay veces que es imposible si no se hace a tiempo.