Política incensada

En Almería, el olor a incienso ha dejado de ser el preludio de lo sagrado para convertirse en el aroma oficial de la precampaña. Paseamos por nuestras calles y no nos tropezamos con soluciones, sino con políticos que han decidido que el mundo es un inmenso ‘photocall’ diseñado para su mayor gloria. Hemos permitido, en un ejercicio de pasotismo ciudadano, que aquellos que deberían ser nuestros discretos gestores se conviertan en los eternos protagonistas de la vida pública, colonizando cada espacio de la misma.

Ahí están ellos, presidiendo procesiones compungidos con la peineta de rigor, o repartiendo la paella vecinal con una campechanía tan ensayada que asusta. Son el niño en el bautizo, la novia en la boda y, si nos descuidamos, el muerto en el entierro. No hay trofeo en un torneo infantil que no deba esperar la llegada del concejal de turno, que siempre llega tarde, quien aterriza justo para la foto y huye antes de que el sudor de los niños le manche. Los verdaderos protagonistas—el vecino que organiza la fiesta del barrio, el club que forma deportistas, el cofrade que pone su pasión y su tiempo—han sido desterrados a la categoría de mera comparsa, un decorado para que el figurón de turno luzca su mejor perfil y sonrisa para las redes sociales.

Esta política de la seducción y el vacío ha alcanzado su máxima expresión con la convocatoria de las elecciones andaluzas para el próximo 17 de mayo. Juanma Moreno no ha mirado las necesidades de los andaluces y los almerienses llamados a urnas, sino al calendario de fiestas. Su estrategia es una planificación lúdica: situar la precampaña entre nazarenos, la campaña justo antes de que se apague el último farolillo de la Feria de Abril y, por supuesto, asegurar cualquier cercanía antes de que el Rocío pudiera manchar las botas de los votantes. No hay razones climáticas ni urgencias de gestión para llevarnos a las urnas un mes antes; solo el deseo de no molestara un electorado al que asignan un rol meramente lúdico, tratándonos como consumidores de ocio en lugar de ciudadanos con derecho a un debate serio y sin ataduras folclóricas.

Vivimos en la era de la estética sobre la ética, donde la forma ha devorado al fondo. Se nos ofrece una política “cool”, ligera y digerible, que prefiere comunicar antes que hacer, y que sustituye la inversión en infraestructuras por un tuit ingenioso o una pose cercana. Mientras Almería sigue esperando el tren que nunca llega o el agua que se nos promete en cada mitin, nos entretienen con lo efímero. Nos han vendido que en política la simpatía es un rasgo político fundamental y que la presencia en el evento social de turnolo dota de prestigio, cuando en realidad solo enmascara la más absoluta vacuidad de ideas y la falta de gestión sobre los servicios.

Almería no es un escenario de película para que los políticos de Sevilla o Madrid vengan a hacerse un papelón cada cuatro años; es una tierra que exige ser respetada por su esfuerzo y no por su capacidad de aplauso. Es hora de devolver el protagonismo a quienes de verdad levantan esta provincia cada mañana, lejos de los focos y las medallas auto colgadas. No queremos más política incensada, ni postureo, queremos gente normal, de esa que se mancha las manos trabajando, políticos que den soluciones a los problemas reales, y no solo haciéndose fotos repartiendo trofeos que otros han ganado.

Es el momento de que el político vuelva a su sitio —en la última fila de la pose y en la primera de la gestión y el servicio— y que los almerienses volvamos a ser los únicos dueños de nuestra historia y nuestro destino. Almería merece ser mucho más que el decorado de una eterna y vacía fiesta electoral.

¿Estás listo para que Almería deje de ser la comparsa y empiece a marcar, por fin, el paso de su propio futuro?